La Consciencia como cimiento del universo y nuestra responsabilidad planetaria

Un profundo cambio en la concepción de la realidad aconteció cuando surgió la mecánica cuántica. Cualquier elemento físico no existe como un objeto concreto y con una posición específica en el espacio; más bien es solo un sistema probabilístico que no se encuentra en ningún sitio preciso. De acuerdo con ciertas interpretaciones de la mecánica cuántica, un objeto adquiere definición cuando el observador enfoca la mirada en éste, y de alguna forma colapsa la función de onda en una nube de probabilidades existentes en la realidad. Dicho objeto no se encuentra en ningún sitio, pero adquiere existencia al ser observado.

Werner Karl Heisenberg, uno de los pioneros de la mecánica cuántica, proponía que existe un nivel de realidad en donde todo existe en potencia, pero se requiere de un sistema conciencia-mente-cerebro, es decir, un observador vivo que realice el colapso de la función de onda.

Por su parte, el físico cuántico David Bohm propuso dos niveles de realidad para entender la naturaleza del universo. El orden implicado, que se refiere a un nivel de realidad que está más allá de aquello que percibimos de forma directa, el cual se concibe como un estado de potencialidad en que todo está interconectado. Y el orden explicado, que es el nivel de realidad que experimentamos y comprendemos a través de nuestros sentidos y procesos mentales. Existe un universo plegado que es la fuente y base de la realidad, y otro desplegado que es la manifestación y expresión de esa realidad en la experiencia humana.

Inspirándose en las premisas de la física cuántica, Grinberg propone desde la teoría sintérgica que el origen de la realidad no está compuesto de partículas elementales sino de conciencia, siendo la materia un producto del colapso de la función de onda y la experiencia cualitativa otro producto del mismo colapso. Desde este punto de vista, tanto la realidad material objetiva como la realidad material cualitativa son epifenómenos provenientes del reino de lo cuántico en potencia, en el cual la conciencia pura es el fundamento de ambos.

Cada cerebro, a través de su campo neuronal, es un colapsador de la conciencia cuántica, y cualquier experiencia subjetiva e individual participa en la conciencia de unidad, la cual se halla en la base de todas y cada una de las experiencias del sistema cerebro-mente. Para Grinberg, en el espacio interactúan los campos neuronales individuales, creando patrones de interferencia intercerebrales que denominó como Hipercampo; éste incluye a todos los campos neuronales y sus patrones. Todos juntos equivalen a un campo neuronal planetario, cuya estructura global depende de las interacciones entre cerebros humanos, pero también no humanos (animales, plantas), y se conoce como Hipercampo extendido.

De acuerdo con la teoría sintérgica, la conciencia, y no la materia, es el fundamento de la realidad, y lo que denominamos materia es una manifestación de la conciencia. Para Grinberg, la conciencia tiene muchos niveles de manifestación, siendo el más básico uno en el que existe una unidad total, una infinita concentración de información y una máxima interconectividad.

Partiendo de estas ideas, cada conciencia es un reflejo y un efecto de la conciencia colectiva. Todos somos una conciencia de la que nos alimentamos y nutrimos; ningún pensamiento deja de afectarla, ninguna emoción es ajena y contribuye a la totalidad. Por ello, también podemos generar mucho dolor o alegría, desdicha o felicidad.

Si, desde esta perspectiva, la conciencia es el sustrato fundamental que da forma a la-realidad material y colectiva, entonces nuestra experiencia del mundo -con toda su belleza, pero también con su profundo sufrimiento- se convierte en un reflejo directo del estado de esa conciencia global. Llevando este principio del plano teórico a la realidad que estamos viviendo, no podemos ignorar que el estado actual de nuestro “Hipercampo planetario” se manifiesta de maneras dramáticas y con altos niveles de crueldad.

Como bien sabemos, el 2025 ha sido un año cruento para el planeta y sus habitantes. Conflictos bélicos como la guerra en Ucrania, el genocidio en Palestina, los ataques contra objetivos civiles en Irán, solo por mencionar algunos hechos, han tenido consecuencias funestas para la población y el medio ambiente. Nuestra casa común es la Tierra, y aunque existen diferencias políticas, culturales, religiosas e intereses económicos por acaparar los recursos, como especie humana, compartimos realidades fundamentales que nos unen en una misma comunidad planetaria.

Considero que la preservación de la Tierra es posible si, en primera instancia, seguimos fomentando una cultura a favor de la paz y el desarrollo sustentable, a pesar de la proliferación de discursos armamentistas que justifican el odio y la violencia. El estado del mundo también refleja el estado de nuestra mente colectiva y, de alguna manera, estamos necesitados de sanación, ya que las crisis globales tienen su origen en nuestros estados internos. Por consiguiente, es importante seguir impulsando los estudios de la conciencia y el cultivo de la mente para generar un cambio espiritual, ético y compasivo.

Si lo pensamos, nuestros destinos están entrelazados. Una bellísima reflexión del astrónomo Carl Sagan, “un pálido punto azul”, pienso que ilustra la importancia de tomar conciencia sobre el futuro del planeta. En 1977, la NASA lanzó el Voyager 1; tras varios años de viaje, en 1990, cuando la nave estaba por salir del sistema solar, dio un giro hacia la Tierra para obtener la imagen más lejana jamás tomada del planeta. Al observar aquella fotografía, Sagan elaboró un escrito sublime y, entre muchas cosas, comentó: “No hay ningún indicio de que la ayuda vendrá de alguna parte en el espacio para salvarnos de nosotros mismos”, ya que los conflictos humanos se vuelven insignificantes en la dimensión del Cosmos. Por lo tanto, es importante tratarnos con mayor amabilidad y tener presente la responsabilidad colectiva de cuidar esa “mota de polvo suspendida en un rayo de sol” que, hasta ahora, es el único hogar conocido por nosotros en el Universo.

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